Resumen
En este artículo me propongo reflexionar en torno a un aspecto específico de la privatización del espacio público, es decir, aquella forma de autosegregación residencial que se lleva a cabo mediante el “cierre de calles” realizado por sus propios habitantes. La autosegregación residencial no es un fenómeno nuevo en la historia de las ciudades, al contrario: se encuentra inscrita en los orígenes del urbanismo moderno. Lo atestiguan antecedentes importantes, tales como los “suburbios” de las ciudades norteamericanas y los modelos de “ciudad-jardín” y de ciudades satélites a las orillas de las grandes urbanizaciones (Dobriner, 1958). Sin embargo, hoy como nunca antes, la autosegregación contribuye de manera importante a poner en tela de juicio la identidad misma de las ciudades como entidades provistas de una identidad reconocible. Estudiar la autosegregación socioespacial, permite repensar las condiciones de la urbanidad como “arte de vivir juntos mediado por la ciudad” (Monnet, 1996), y del vínculo social en el mundo actual.
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