Reseñas

DOI:

https://doi.org/10.22134/gyjsc759

Abstract

A la manera de una gran obra de conjunto, historiadores de uno y otro lado del Atlántico han ido reconstruyendo, con esfuerzos grandes, con tentaleos, retrocesos, ajustes y reajustes metodológicos, la gran historia del que podemos llamar Occidente católico. Este enorme conglomerado humano-pues los hombres y no las insti­tuciones son quienes hacen histo­ria- quedó limitado, hacia el Oriente europeo por la Rusia de Kiev y la Gran Rusia, frontera que en algún momento del siglo XVIII estuvo también al Occidente, cuando desde el puerto de San Blas en Nayarit se exploraron las islas Aleutianas y Alaska. El Pa­cífico insular abierto a la visita y asentamiento de gente salida de la Nueva España (aventureros, frailes y colonos) fue puerto de in­cesantes -y casi siempre infruc­tuosas- incursiones a China, Ci­pango, la India y Ceilán, países misteriosos que, a pesar de los in­tentos y el innegable vigor apostó­lico de grandes figuras como Francisco Javier Martín, Ignacio de Loyola y Mateo Ricci, perma­necieron como un valladar cultu­ral prácticamente impenetrable al Evangelio. América hispana fue, por tanto, el gran crisol donde se desarrolló en todos sus matices, la erupción de todas las pasiones hu­manas y el ímpetu del celo religio­so, una empresa que recordó la obra de la extensión del cristianis­mo en el entorno cultural del Im­perio romano y de la mentalidad helenística: un espacio donde -como escribió Jean Meyer en la Introducción de la obra que co­mentamos- el contacto significó " ... conflicto, desajuste, rechazo, sincretismo, interacción. Dicho contacto [llevó] a una decultura­ción y a una reorganización cultu­ral permanentes que ofrecen as­pectos tanto negativos (siempre subrayados y denunciados), como positivos (generalmente olvidados o subestimados)".

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