Resumen
A la manera de una gran obra de conjunto, historiadores de uno y otro lado del Atlántico han ido reconstruyendo, con esfuerzos grandes, con tentaleos, retrocesos, ajustes y reajustes metodológicos, la gran historia del que podemos llamar Occidente católico. Este enorme conglomerado humano-pues los hombres y no las instituciones son quienes hacen historia- quedó limitado, hacia el Oriente europeo por la Rusia de Kiev y la Gran Rusia, frontera que en algún momento del siglo XVIII estuvo también al Occidente, cuando desde el puerto de San Blas en Nayarit se exploraron las islas Aleutianas y Alaska. El Pacífico insular abierto a la visita y asentamiento de gente salida de la Nueva España (aventureros, frailes y colonos) fue puerto de incesantes -y casi siempre infructuosas- incursiones a China, Cipango, la India y Ceilán, países misteriosos que, a pesar de los intentos y el innegable vigor apostólico de grandes figuras como Francisco Javier Martín, Ignacio de Loyola y Mateo Ricci, permanecieron como un valladar cultural prácticamente impenetrable al Evangelio. América hispana fue, por tanto, el gran crisol donde se desarrolló en todos sus matices, la erupción de todas las pasiones humanas y el ímpetu del celo religioso, una empresa que recordó la obra de la extensión del cristianismo en el entorno cultural del Imperio romano y de la mentalidad helenística: un espacio donde -como escribió Jean Meyer en la Introducción de la obra que comentamos- el contacto significó " ... conflicto, desajuste, rechazo, sincretismo, interacción. Dicho contacto [llevó] a una deculturación y a una reorganización cultural permanentes que ofrecen aspectos tanto negativos (siempre subrayados y denunciados), como positivos (generalmente olvidados o subestimados)".

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